viernes 23 de mayo de 2008



Aquí tampoco estaba haciendo nada, y quíen sabe, nunca se le dieron mal los deportes. Podría probar. Era la primera vez que veía el anuncio, o la primera en el que se fijaba, en el que se imaginaba dentro. Así que la decisión comenzó a germinarle dentro, y al mismo tiempo una estraña necesidad de demostrarse, de demostrar, que podría, que se atrevería, que él también podía hacer algo grande, audaz.


Los días que pasaron desde aquella noche frente a la televisión fueron una lenta victoria de la decisión. La verdad es que era bastante comprensible: seguro médico y paga mensual, y a la vuelta honores, fotos de uniforme y músculos y la posibilidad de entrar en una universidad cara. Había que ganarse la vida, no podía seguir siendo un crío siempre. Defender la libertad podría ser una forma como cualquier otra, pero para esta hacían falta, además, cojones. Y a él no le faltaban.La vida aquí tampoco era fácil, pese a tener los papeles, la hamburguesería amenaza como futuro probable. Sólo progresa el que juega fuerte.


Al llegar ya era otro. No sólo por el calor y el sol que centelleaba en cada piedra. Era otro mucho antes de cojer su bolsa y bajar corriendo del avión. Era otro tras los entrenamientos, las risas de sana camaradería, del cuerpo dulcemente agotado, el aprendizaje de las reglas, las fotos de la novia enseñadas a los compañeros, el paulatino desprecio de la vergonzante debilidad, la sensación de que todo esto tenía sentido. Era otro también en cuanto a la apariencia, con el permanente casco, el fusil de asalto, las raciones de comida, el chaleco antibalas, las pesadas y viriles botas, los colgantes y los días descontados para regresar a LA, a comer unos buenos tamales en la Avenida César Chávez, donde comienza el "eastlos", a pasear en el carro, a enseñarle magnificado el primer rasguño a las chicas.


El sol cortaba los labios, y el lenguaje extranjero -¡en su tierra!- cortaba la sonrisa. Desconfianza y protocolos de seguridad, miradas duras de desentrañar, estos gilipollas que no entienden que les vinimos a liberar, aquí de nadie podemos fiarnos, como si no nos quisiesen.Tantos días y sin mujeres, y sin pasatiempo, y sin que pase nada, y sin querer que pase, pero muriéndose de sueño en los controles a la entrada y a la salida de Samarra.


Una esquirla de metralla le perforó una pierna, y finalmente la explosión y unos gritos pasados y un pánico de otro tiempo y mucho humo por nada, por nadie. Esta vez él no había tocado el arma, y las lágrimas no eran en árabe.

El cabo Alfonso Salazar ni siquiera regresó a la César Chávez, se quedó en Veteran Avenue, en el Cementerio Militar tan verde y con el cesped siempre segado a ras. Cada último lunes de mayo, en el Memorial Day, le honran en un barrio que le quedaba lejos, donde nunca podría haber pagado el alquiler de una habitación, muy cerca de la universidad a la que no llegó a entrar.


Era eso que llaman latino, ya sabéis, y pobre, claro.




Un pequeño ejercicio literario, escrito de un tirón: de pronto me inquietó haber perdido la capacidad de fabular.
No me he despegado mucho de lo de siempre, pero tal vez es un comienzo.
Sea como sea, también una forma de contar, puede que la más sana en estos días de capítulos y notas al margen.

Un beso.


miércoles 30 de abril de 2008

¡Que viva el 1º de Mayo!